El Cohete de Papel

                                                                                                     


Había una vez un niño, llamado Dani, al que le encantaba los cohetes y cuya mayor ilusión era tener uno, pero era tan pobre que no podía comprarlo.
Un día, junto al contenedor de la basura descubrió la caja de uno de sus cohetes favoritos. Al abrirla descubrió que no estaba completamente vacía, sino que contenía un pequeño cohete de papel averiado.
Dani se puso muy contento, pues, por fin tenía un cohete, y durante días estuvo trabajando en él hasta conseguir arreglarlo.
Cuando por fin estuvo preparado, se dispuso a decorar su cuarto para que fuera un auténtico planetario. Recogió papeles de todas las formas y colores, y se dedicó con toda su alma a dibujar, colorear, recortar y pegar todas las estrellas y planetas conocidos para crear su propia vía láctea de papel. Fue un trabajo dificilísimo, pero el resultado final fue tan magnífico que la pared de su habitación parecía una ventana abierta al universo sideral.
Desde entonces, el niño disfrutaba cada día jugando con su cohete de papel, hasta que un día, un compañero de clase fue a visitarle y al ver aquel espectacular escenario, le propuso cambiárselo por un cohete de verdad que tenía en su casa. 
Aquello casi lo volvió loco de alegría, y aceptó el cambio encantado.
Pero, después de jugar con su nuevo juguete un tiempo, empezó a echar de menos su cohete de papel, sus estrellas y sus planetas, y se dio cuenta de que disfrutaba mucho más jugando con su viejo cohete y el planetario, que el mismo había construido con esfuerzo e ilusión.
Y a partir de entonces aquel niño empezó a construir él mismo todos sus juguetes, y cuando creció y se hizo mayor, se convirtió en el mejor juguetero del mundo.



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